Historia

Una magnífica casa colonial

La casa Riva-Agüero es una notable expresión de la arquitectura civil limeña, construida en el último tercio del siglo XVIII por el coronel español Domingo Ramírez de Arellano, para ser utilizada como casa familiar por él y sus descendientes. Es un muy claro ejemplo de casa limeña que, por las distintas etapas de su construcción y reconstrucción, combina diversos modos y estilos arquitectónicos. Planta de dos patios, típicamente española del siglo XVI, fachada neoclásica de finales del siglo XVIII y detalles arquitectónicos de influencia francesa de mediados del siglo XIX.

La fachada, de línea muy limpia, combina una elegante portada con dos balcones republicanos y ventanas con rejas ricamente ornamentadas. El zaguán conduce al patio principal de la casa, de hermosa proporción, coronado con una galería corrida por los cuatro costados del segundo piso y decorado con un cañón del siglo XVIII, encontrado enterrado bajo el piso del mismo patio.

En el patio principal se encuentra, hacia el lado derecho, la capilla familiar, con un magnífico cuadro de la pasión de Cristo sobre el altar. A su lado está la escalera que conduce al segundo piso, acondicionado hoy en día como Museo y donde estaban los dormitorios de la casa familiar. Frente a la capilla se encuentran dos salones de recepción en los que se ha preservado el mobiliario y la decoración original, constituida principalmente por muebles y enseres de los siglos XVIII y XIX, de estilo neoclásico y del Segundo Imperio. La Casa Riva-Agüero atesora parte de los muebles originales y colecciones de arte desde la época colonial e inicios de la vida republicana. Hermosos jarrones, candelabros y espejos se complementan con cuadros de antiguos miembros de la familia, antepasados todos de José de la Riva Agüero, y otros cuadros de motivos paisajísticos y religiosos.

En lo que era el salón principal de la casa se ha ambientado el salón de grados del Instituto Riva-Agüero. En el antiguo comedor hay ahora una amplia sala de lectura, usada también como salón de clase. En un ala lateral del salón principal está lo que era el estudio y escritorio de Riva Agüero y a su lado la ahora Sala Víctor Andrés Belaunde.

Finalmente, en la parte posterior, un patio sevillano con fuente y una escalera auxiliar al segundo piso completan la majestuosa casa, hito arquitectónico monumental del centro histórico de Lima.

Breve recuento de La casa Ramírez de Arellano, a través de los propietarios de su suelo y de su edificio

La casa “Ramírez de Arellano”, ubicada en el Jirón Camaná Nº 459 (calle antiguamente llamada “de Lártiga”) es actualmente propiedad de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Allí funciona su escuela de Altos Estudios, llamada Instituto Riva-Agüero en honor al último propietario residente de la casona, que la legó por testamento –junto con sus demás bienes- a dicha universidad.

El primero de los propietarios de los terrenos sobre los que siglos después se construyó  la casona fue el conquistador Juan Rodríguez de Villalobos, natural de Cáceres, en Extremadura, España. Los tuvo inmediatamente tras fundarse la Ciudad de los Reyes el 18 de enero del 1535. Posteriormente, dichos terrenos fueron comprados a mediados del siglo XVI por el capitán Diego Maldonado, apodado “el Rico”. Maldonado falleció en la Ciudad de los Reyes, alrededor del 1570 y su hijo y sucesor, Juan Arias Maldonado, heredó dichos terrenos.

Su hijo legítimo y definitivo heredero,  Juan Francisco Arias Maldonado y Contreras, nacería en 1583. Para 1687, Lima fue sacudida por el terremoto del 20 de octubre, lo que originó que posteriormente, en 1692, se autorize a don Juan Francisco Arias Maldonado para “vender a censo perpetuo los solares de dichas casas vinculadas que se arruinaron”.

El principal postor y comprador final de los solares fue el capitán Francisco de Lártiga y Torres. Mientras quedó Francisco de Lártiga y Torres de poseedor de la mayor parte de solares, el referido mayorazgo recayó a la muerte de don Juan Francisco Arias Maldonado en su hijo don Gaspar José Arias Maldonado y Palomino, Carrillo del Soto y Rendón (apellidos estos últimos -sin duda- de su madre), que vivió entre finales del siglo XVII y los primeros años del siglo XVIII. El mayorazgo, según se mencionara, consistía en bienes no sólo en Lima, sino otros -tanto urbanos y rurales- en Cuzco y Nazca. En 1737, empezó a ser conocido el tramo de la calle de Amargura -sobre el que se alzaba la casa-habitación- como calle “de Lártiga”.

Fue su nexo de parentesco político con el señor del mayorazgo de Maldonado lo que  permitió al coronel Domingo Ramírez de Arellano acceder a las fincas urbanas de su propiedad, poco antes de que su mujer heredara no sólo muchos bienes de su madre, la condesa de Vistaflorida, sino también los de su hermana Juana Rosa (viuda de don Andrés de Maldonado y Salazar).

Los esposos Ramírez de Arellano y Baquíjano tuvieron cuatro hijas que sobrevivieron a la infancia: María Rosa, Mariana, María Josefa y María Ignacia, nacidas entre 1782 y 1793. De éstas, sólo la tercera contrajo matrimonio. Las otras tres hermanas quedaron de poseedoras de la casa principal de su padre, así como de las casas accesorias, que tuvieron arrendadas. Resulta muy importante señalar que una de las casas posteriores a la que ellas ocupaban, la denominada casa “de Blaque” fue alquilada por estas señoras al libertador chileno don Bernardo O'Higgins, que dividió sus últimos años entre dicha residencia y su hacienda “Montalbán” en el valle de Cañete. Mientras subsistió el mayorazgo de Maldonado, las hermanas Ramírez de Arellano tuvieron que seguir pagando un monto anual a los herederos del vínculo.

A comienzos del siglo XX, las propiedades que antaño fueran del mayorazgo de Maldonado, en la media manzana entre Espaderos (ya conocida como Jirón de la Unión), Lezcano (antes Mármol de Carvajal) y Lártiga (antes parte de Amargura, y hoy Jirón Camaná), quedaron de poder de las hermanas Rosa Julia y Dolores de Osma y Sancho Dávila, tras la muerte de su padre y de su hermana mayor. Viuda la última, tuvo un solo hijo nacido en 1885: don José Carlos de la Riva-Agüero y Osma, quien tras la muerte de su madre y de su tía en los años '20, quedó de único propietario de las fincas.

Fue así que tras testar en dicho sentido, y a su temprana muerte en 1944 (víctima de una apoplejía fulminante), las fincas varias de don José de la Riva-Agüero, rurales y urbanas –éstas últimas de su tatarabuelo don Domingo Ramírez de Arellano y antes todavía de los diferentes señores del mayorazgo de Maldonado (pasando por el episodio marcado por Francisco de Lártiga y una serie de otros ocupantes de las tiendas y casas menores del conjunto de propiedades), terminaron perteneciendo a la Pontificia Universidad Católica del Perú.

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